Artículo Opinión II República Noelia Seibane

13 Abr

Cuando se hace referencia a la II República Española desde un punto de vista socialista, nos asalta la sensación de una nostalgia amarga por lo que pudo ser y no fue.  Ésta época de avances políticos y sociales y de reconocimiento de derechos que tan poco tiempo duró, es un referente para cualquier progresista.

Cuando el 9 de diciembre de 1931 se aprobaba su Constitución, quedaban reconocidos derechos para toda la sociedad, independientemente de su clase, sexo o condición, absoluta novedad en el panorama político español, y así lo consagraba su artículo 25: “No podrán ser fundamento de privilegio jurídico: la naturaleza, la filiación, el sexo, la clase social, la riqueza, las ideas políticas ni las creencias religiosas. El Estado no reconoce distinciones ni títulos nobiliarios”. Este párrafo fue el primer reconocimiento constitucional en nuestro país de un valor intrínsecamente socialista como la Igualdad y supuso un paso adelante importantísimo en el reconocimiento de los derechos de las mujeres en España.  Si bien la igualdad real es algo por lo que las mujeres aún a día de hoy seguimos luchando, lo cierto es que la Constitución de 1931 consagró un avance de derechos que supuso una revolución en la vida y costumbres del país y que aunque la historia no lo suela reflejar, pues no solían escribirla las mujeres, fue en parte importante un éxito del movimiento feminista que venía luchando desde la década anterior por el reconocimiento de derechos de las mujeres.

Un debate que sí ha trascendido a este respecto es el del sufragio femenino, y no sólo por la importancia de la cuestión, sino además por los debates en el seno del Congreso y que tantas ampollas despertaron entre los sectores más conservadores de la sociedad, como cada avance en materia de derechos de las mujeres que se ha conseguido y que aún a día de hoy, 80 años después, podemos ver cómo remueven las entrañas de la estructura social y despiertan las más feroces críticas, por desgracia no sólo de la derecha. Sin ánimo de entrar en dicho debate, creo que es importante resaltar que fue llevado a cabo por las dos únicas mujeres diputadas, cada una en una posición de la disputa y que  terminó en el reconocimiento del sufragio activo femenino por primera vez en la historia de nuestro país, con lo que quedaba reconocido un derecho político fundamental que ni siquiera existía en países presumiblemente más avanzados en dicha materia.

Otra revolución social fue el reconocimiento del divorcio y la implantación del matrimonio civil, cuestiones que no tardaron en suscitar polémicas debido a que suponían un auténtico terremoto para la moral católica, tan presente y férrea en la España del siglo XX. No es de extrañar que a posteriori, una vez que el golpe de Estado y la Guerra Civil ponen fin a esta época de libertades y derechos, la Iglesia  Católica impusiera aún con más virulencia su visión del mundo y sus valores.

La II República supone una ampliación de derechos que los sectores más conservadores de la sociedad no podían tolerar, pues suponía el fin de sus privilegios. Todos conocemos las consecuencias de la época negra que le tocó vivir a España tras el golpe de Estado de Franco en 1936, cuyas consecuencias me atrevo a decir que aún padecemos. La falta de libertades y la demonización de la democracia crearon un poso de desconfianza en las instituciones de representación política difícil de derribar.

Hoy podemos decir y decidir en libertad sobre nuestras vidas, hoy las mujeres tenemos más oportunidades y derechos, conseguidos tras años de lucha y gracias siempre a gobiernos socialistas y la igualdad se ha convertido no sólo en una máxima de la lucha del socialismo, sino en un valor reconocido por una mayoría social. Mujeres y hombres somos iguales ante la ley. Tratemos entre todos y todas de ser iguales realmente: en casa, en el trabajo, en la vida pública, en las instituciones…

La falta de libertad de la época histórica posterior a la II República, salvando las distancias oportunas, pues no es mi objetivo comparar cosas en cuyos parámetros no cabe comparación, es algo que se ha transformado y persiste, en sus nuevas formas, que si reflexionamos detenidamente, no son tan nuevas, al menos para ciertas clases sociales.

El capitalismo salvaje ha oprimido a los más débiles desde hace siglos. Durante la II República, Fernando de los Ríos dijo: “economía libre” quiere decir “hombre esclavo”, y eso era demostrable en la Revolución Industrial y en la España de 2013, donde los poderes económicos, organizados a su libre albedrío, están cometiendo auténticos atentados contra la dignidad e incluso contra la vida de las personas. Cuando el neoliberalismo se ha convertido en la doctrina única y quien se sale de ella es castigado socialmente, es un deber del socialismo cambiar esta situación y derribar los muros de las injusticias que provoca.

Somos jóvenes y socialistas, debemos ser protagonistas de una revolución necesaria. Porque quien observa una injusticia y no hace nada por detenerla, igualmente se convierte en culpable de la misma.

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